viernes, 17 de febrero de 2012

Capítulo IX: "La luz que enciendes en mi… "

Tantos meses aquí y aún no me acostumbro al canto del muecín, y ya debería haberlo hecho porque todas las mañanas su exótica llamada al rezo no sólo me despierta con machacona reincidencia a las cinco de la mañana, sino que irrumpe en mis sueños occidentales y consigue situarme en oriente ahora que abro los ojos. Alguna ventaja sí tiene: la luz de la luna se fragmenta en mil pedazos cuando atraviesa la filigrana enrejada que cubre el ventanuco, proyectando sombras animadas sobre la pared en la que se sujeta mi cama. No rezo, pese a la invitación y aún me queda tiempo de soñar un poco más, en oriente esta vez.


Mi querido y deseado amigo, creo que hace mucho que recibí tu última carta. Tengo la  sensación de que mi noción del tiempo se está distorsionando, perdiendo el paisaje reconocible de las emociones en la memoria. Mi tiempo se alarga como el desierto de aquí, se hace anodino como un grano de arena en una duna. No te he escrito antes para estar serena, pues cada vez que lo hago mi tiempo se vuelve a desordenar, despierto recuerdos y emociones que, entiéndelo, me agitan, me desasosiegan, y ahora necesito pasar el desierto de las horas en calma. He decidido que pase lo que pase, esta carta será la última que te escriba.

Sé que sigues enfadado, lo noté en tu última carta. Pasan demasiados meses ya pero aún no lo aceptas, aunque finjas y no lo quieras reconocer, lo sé, lo noto en ese mohín tenso en la curva de tus “l” que se estiran, como tu gesto, y aparecen tiesas. No es que no puedas, es que te resistes a entender por qué estoy aquí, por qué un día hice la maleta y partí de tu lado. Cuántas palabras, cuántas horas para explicarte lo que siento y cómo lo siento. Palabras lanzadas al viento, diáfanas, volátiles como la bruma. Una sola de mis palabras habría bastado para que entendieras que es por ti por quien estoy aquí, que inspiras cada uno de mis días y que de no haberte conocido, jamás me habría atrevido a revelarme sobre las tinieblas de mi vida y ser quien soy, sobre la luz que enciendes en mi.

No quieres entender que no necesito verte ni que me veas para sentirte y ese vínculo es tan  intenso e invisible a todos que nos vuelve especiales. Pero no te tengo y tú tampoco me tienes. Querer a alguien no es tener ni poseer, como se tienen las cosas y a las cosas no se las quiere. No te echo de menos y sé que te duele que te diga esto, porque estás siempre en mí, echarte de menos sería el olvido… y tu recuerdo vive cada día en mi memoria. Fue por ti por quien me decidí a encarar mi futuro, nunca lo habría hecho sin la fuerza y el aliento que me das. Cada día no te siento lejos, aunque tú creas que lo estoy.


No pienses que en estos momentos me siento hundida o derrotada, que la sensación de fracaso se ha apoderado de mí. Los días vividos aquí han sido intensos, plenos. No exagero si te digo que, en mi contador, cada día aquí ha sido como un año en occidente. No creas que te digo esto para que te sientas mejor, para que no sientas que desperdicio mi vida. He dado menos de lo que he recibido aquí: hay tanto por hacer, tanto por lo que luchar… siento que tengo una familia en cada mujer, en cada niño. Sus ojos al mirarme me devuelven la razón por la que lucho, el motivo que me mantiene cada día irradiando fuerza y esperanza entre todos ellos… y tú, estás en mis ojos, en mi mirar.

Hay muchas formas de vivir y quizás alguna más de vivir estando muerto. He visto muchas mujeres sin vida por la indignación rumiada y escondida, muertas de humillación secreta, de miedo entre los dientes. Pobres y desnudas en todo, hasta en lágrimas. Yo viví muerta allí, en occidente. Aquí encontré una vida y una causa, que perdurará, como los instantes que vivimos juntos, más allá de mi y de ti, más allá de nuestras memorias.

Por eso ahora, más que nunca, no has de estar triste, ni enfadado, si ya no lo entendiste olvídalo, no lo pienses. Sólo quiero que sientas el orgullo que me llena cuando te pienso, en las horas ignotas que se amontonan en esta celda desde la que te escribo. He dicho a todos que nadie lo vea, que nadie lo cuente y te pido que tú hagas lo mismo. Quiero que imagines que mi vida se fue cuando me condenaron, el tiempo pasado recluida ya no cuenta. No quiero ni escribirlo en esta carta. Olvídalo todo, el enfado, la distancia, los días y hasta las piedras que encerrarán mi último aliento mañana. Sé que me encontrarás, cada vez que me busques, en el deseo de mi en ti...

Publicado por Ciudadana Equis

2 comentarios:

  1. El deseo, esa palara perturbadora a la vez que hermosa. Llena lo días de luz y los perturba cuando lo buscas. La luz del oriente llena de pasiones nuestros deseos de no ser olvidados.
    Cuanta pasión se encierra en unas líneas, cuantos deseos no correspondidos llenan tus palabras. Cuanta tristeza en los últimos suspiros de tus silabas. La luna acaricia esos folios en blanco, mientras tus suaves manos van trazando a retazos relatos de tu vida. Pasiones desenfrenadas, ahora solo recuerdos. Gritos desesperados de mujer.
    Permaneces en el tiempo, como perduran las piedras de la Alhambra, majestuosas a la luz de la luna, dejando entre ver historias de pasiones como la nuestra. De entre sus muros reaparecerás para vivir lo prometido. Nunca te olvidaré aunque estés debajo de esas piedras.
    Tú me das la vida, y aunque no me eches de menos, yo no te olvido. Cada vez que paseo por sus calles o veo sus arcos mozárabes, te recuerdo y unas lagrimas caen lentamente de mis mejillas. Sueño con tu olor, vuelvo a sentir tu pelo cayendo por mis ojos y lloro por tus caricias. En cada piedra de esta bella ciudad de Granada renaces para mí tu amor. Tu espíritu vivo recorre sus calles, y en cada rincón te recuerdo y te revivo. Ya no te tengo rencor por haberte ido tan lejos, huyendo de no se sabe muy bien qué. Pero tu sabiduría te dio la serenidad de despedirte de mí. Lloré con cada una de tus palabras, y aun cuando las releo mi corazón se encoje como si lo estrujases con tus manos para sacar hasta las últimas de sus gotas. Con mi sangre escribiste esa carta que tanto me atormenta, pero a la vez tanto me apasiona. Sera tu dolor que se ha apoderado de mi ser y por eso te busco en cada una de las sombras de la ciudad de Granada.
    Releyendo tu carta cada día, vuelvo a senitr tu deseo de vivir que acabó esa madrugada mientras el muecín recitaba las últimas aleyas. Su ritmo me hace sentir tu corazón. Oír ese último grito de adiós, mientras tú pensabas en mí.
    Deseo reencontrarte y quizás con esta carta que estoy echando al Darro algún día pueda cumplir mis sueños y allí donde estés te llegue mi mensaje. Mientras descansa en mi corazón.

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  2. Las piedras de la Alhambra
    Desde que te fuiste los días son más largos. Las sombras del sol me cubren durante el día mientras vago por la calles de Granada. Cuanto echo de menos tu sonrisa y tu mirada cautivadora de mi espíritu aventurero. Ahora que te releo mi sonrisa, viene y se va cuando tus letras se acaban. Que felicidad me dan tus palabras, serenas y bien formadas.
    Ando por la orilla del Darro viendo tus sombras reflejadas en su orilla. Tu sonrisa cubre de un velo blanco las aguas cristalinas del rio. Parece que estuvieras allí, pero es solo un espejismo. Desde que recibí tu carta desde aquel lugar lejano, no he podido dejar de reprocharme no haber estado contigo en esos últimos momentos. Siento tanto lo ocurrido que estoy muriendo en vida. Nada de lo que haga podrá compensar ese sufrimiento que me infringió tu última y definitiva misiva. Cada vez que paso por las casas árabes al lado del rio o subo por el Albaicín mi corazón se encoje. Es tanto mi deseo de volver a verte que me he acercado a la mezquita de Granada en lo alto del Albaicín, para escuchar el canto del muecín y poder resucitar una parte de tu espíritu.
    Sé que no volveré a verte, pero te esperare porque es tanto el amor que siento por ti, que deseo que llegue el momento para poder reunirme contigo en otro tiempo y en otro lugar. Pero no soy tan valiente como tú como para poner fin a mi errante existencia. Por eso vago por las calles de Granada en busca de algo de tu espíritu que se haya quedado en sus piedras.
    Todavía recuerdo tu sonrisa, y tu figura entre mis brazos. No quiero olvidarte y cada mañana a primera hora hago ejercicios para recordarte. Sé que la memoria es frágil y me siento aterrorizado la mañana que al levantarme no recuerde tu rostro o no huela tu perfume y no sienta la caricia de tu pelo entre mis ojos.
    Pero todavía ese día no ha llegado. Pienso donde estarás ahora y te veo bailando por las nubes con esos brocados de sedas que imagino llevabas el fatídico día en que acabo todo. El Darro me consuela y me atormenta al mismo tiempo, pero lo necesito para poder seguir viviendo. Sé que no querías volver a verme, se también que no querías que sufriera tu perdida pero para mí ese dolor es inevitable. Ojala algún día la botella que eché en el Darro llegue a tus manos y la leas como yo leo tus escritos. Y puedas dejar de sentir añoranza, la misma que yo siento ahora que estoy escuchando el canto del muecín con la Alhambra a lo lejos. ¿Será ese tu espíritu? ¿Qué sigues viva dentro de sus piedras hasta que en otra vida yo pueda liberarte y volver a empezar juntos? Ese es mi único sueño ahora, mientras deseo que seas feliz allá donde estés.

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